22.8.06

 

A los 29

Se encontraba sentada en el lobby del hotel. Las personas de alrededor charlaban, alguien arrancaba unas notas al piano y ella escuchaba plácidamente mientras esperaba su bebida. Se dejó vagar a través de la melodía, y pensaba en esa frase que tanto se había repetido a sí misma: "Me receto tiempo, abstinencia, soledad". ¿Qué más abstinencia y soledad pueden haber, que encontrarse en un país lejano, a miles de kilómetros del lugar de origen y sin nadie compartiendo la habitación?

"¿Qué no era precisamente esto lo que buscabas?" decía la voz que todo lo cuestiona. "Sí. Pero es tan extraño... el tener tiempo para pensar en mi, en lo que hago o puedo llegar a hacer, en el cómo voy a desarrollar mis planes llega a ser un poco abrumador. Es como salir a la luz después de haber estado guardada en una caja completamente cerrada y oscura. La luz es linda, pero al principio lastima".

El haber modificado su vida de esta forma la tenía en un estado de shock. Un tipo de entumecimiento mental y sensitivo difícil de explicar. Ahí estaba: respiraba, veía, pensaba, apenas dormía. Sin embargo, sabía que debía salir de ese agujero, y estaba segura de que lo haría, aunque no tenía ni idea de cuánto tiempo le tomaría.

"¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. "

Si eso se podía hacer en una semana, en dos podría perder un amor y encontrar otro. El amor que ella buscaba es del tipo huidizo, dada la sarta de tonterías que tiene uno a bien aprender a lo largo de la vida. Por qué los romanos no inventaron al Cupido que lance flechas flamíferas con el destino en el mismo punto que el origen? Tenía que aprender a quererse, y esperaba que el empezar a estas alturas no afectase el resultado final.

Aprender a quererse... a los 29.

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